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El poder del vínculo entre madres e hijos

El poder del vínculo entre madres e hijos


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¿Necesitaría tu hijo verte para saber que eres tú? ¿Necesitaría escucharte? La respuesta es No. Un no rotundo. Le bastaría acercarse a ti, tocarte, sentirte. Es el vínculo materno, un lazo invisible que une a los hijos con sus madres desde que un día otro vínculo (físico) les unió. Pero este otro vínculo, el que no se puede ver, lo has estado construyendo y fortaleciendo cada día.

¿Qué es lo primero que hace una madre cuando ve por primera vez a su hijo? Abrazarle. ¿Qué es lo primero que hace el bebé? Sentir la piel de su madre. Escuchar sus latidos. Esa escena supone el comienzo de una relación que les unirá para siempre. No importa las veces que la madre se cambie el color del pelo, ni la ropa que se ponga. No importa si cambia la voz o el perfume que utiliza. Su hijo será capaz de reconocerla de todas formas.

Siete madres, vestidas de forma similar. Siete niños que tienen que señalar a su madre. No será fácil. En este experimento, los niños se acercan a ellas con los ojos tapados. Los pequeños no dudan ni un segundo. Lo tienen muy claro: les basta acercarse a su madre para reconocerla. La explicación es esta: conexión. Una conexión que no entiende de sentidos. No es el olor, ni la voz. Ni siquiera el tacto. Es algo más. Un chispazo, una sensación. Algo inmaterial que escapa al raciocinio.

Pero... ¿significa esto que un padre no puede tener también un vínculo con su hijo? El vínculo que une a madres e hijos se construye día a día. Se construye a base de abrazos, besos, frases positivas. Se construye a base de tiempo dedicado. Y de amor, claro. Por eso, una madre que adopta también puede construir un vínculo afectivo con su hijo. Y también un padre puede tener un poderoso vínculo con su hijo. Y por qué no, un abuelo.

Lo que realmente crea el vínculo es, sin duda, la conexión. Esa capacidad de comunicarte con tu hijo sin palabras. De saber lo que siente. Por eso: dedica tiempo a tu hijo. Fortalece el vínculo cada día. Abrázale, mírale a los ojos. Deja que hable contigo. Regálale una caricia. Y nunca olvides darle un beso.

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